TODAVÍA EL ASOMBRO

Javier Gilabert

XV Premio Blas de Otero-Ángela Figueras de la Villa de Bilbao
El Gallo de Oro Ediciones, 2023

Como nos explica el poeta Julen Carreño en el prólogo de Todavía el asombro, obra ganadora del XV Premio Internacional de Poesía Blas de Otero-Ángela Figuera de la Villa de Bilbao, éste es casi un libro de libros, una gramática de la mirada en la que cada composición se ha hecho merecedora de una narrativa propia, en favor de una evidente coherencia de conjunto.

El título es un anticipo que transpira la filosofía de Gilabert, quien comprendido que sólo ese asombrarse ante el asombro es más bello que el acto de asombrarse, en un sentido ético. He aquí el último de los muchos estratos que se superponen en esta obra, un vademécum de la gratitud y la esperanza a partir del ensayo de un mirar distinto que abreva en lo ordinario al renovarlo. El poeta ha comprendido que es la mirada atenta el preámbulo del asombro y nos ofrece una fina guía de perplejos de trabajada estructura.

Amorosamente dedicado a otro maestro del asombro como Rafael Guillén, abre el poemario una cita de Catulo y lo cierra otra de Marcial. Entre uno y otro, como si la ruta epistemológica propuesta por Gilabert invitara también a avanzar de lo neotérico a lo estoico, se suceden un proemio y cuatro partes, compuestas a su vez por trece piezas cada una, además de la Coda final. Nada sucede por casualidad en esta obra. Y es precisamente en ese bellísimo proemio de exquisita factura en el que reside la clave del poemario, pues constituye, en puridad, el anuncio de una ontología, pero también de una sincera teoría del conocimiento.

De ahí que sea el asombro un concienciarse (la perspectiva aúna / lo inmensamente bello de lo simple), un encarnar el misterio rasgado por el tiempo (Apenas un suspiro y media vida / quedó del otro lado. La pregunta / se aferra fuertemente a la garganta, / tan fuerte que consigue que el silencio / se instale en el lugar de las respuestas). Pero un tiempo que es tan sólo luz y aire que inician su andadura en la experiencia intacta de los dones (e intento ser del sol su recipiente / sumido en un silencio casi puro). Todo ello en el caldo de un destiempo necesario que es asombro, y asombro agradecido ante el asombro, a pesar de y gracias a cuanto nos excede, como si fuese un santo arrodillado / delante de una talla de madera. Y en un cierto mirar que es acto puro –sin potencia–, mas temeroso y frágil, y que a veces se asoma en el Poema con el vestir del miedo y la pregunta (en las personas, miedo a las preguntas; / en las preguntas, miedo a la respuesta; / en la respuesta, miedo a más preguntas).

Opiniones

En una realidad hiperdigitalizada, sobresaturada de información, vista la mayor parte del tiempo a través de pantallas, tan adictiva como fragmentaria, ¿es posible encontrar algo que aún nos sumerja en el asombro? Javier Gilabert, a lo largo de los poemas de su libro Todavía el asombro, parece enfrentarse a esta pregunta, pero no para buscar una respuesta llena de certeza, sino para mirar a su alrededor con un continuo descubrimiento. Y a través de esa visión, cercana y transparente, nos encontramos, como el poeta, deslumbrados de nuevo por el mundo y por el misterio de la existencia y de la propia creación poética. La poesía de Javier Gilabert es reencontrarse con lo que parecía ya perdido.

Me llega el regalo de los versos de un amigo. He paseado por ellos con lentitud, demorándome entre poema y poema, cogiendo aliento para respirar hondo y sentir, comprender con la emoción, pensar con el alma. La poesía de Javier Gilabert se ha tornado más esencial, con aspiración de nombrar a un tiempo el éxtasis de la mirada al escrutar el mundo y la loca ambición de comprenderlo, de comprendernos sumidos en él. Pocos versos para cantar lo más grande. Poesía que aspira, sin duda, a la contención, mirada pensativa convertida en voz que clama. Mirada reposada que alcanza la quietud. Palabra que huye del adorno para poder expresar el asombro, el puro temblor de la vida, el abrazo del misterio que somos. Doy ánimos a este poeta amigo para que siga, y le puedo decir que he gozado con su avance, con su apuesta, con su austeridad lírica que es capaz de encalarse en lo más alto y bucear en lo más profundo, como los cielos y las raíces de las que nos habla. Contemplación del mundo, porque siempre en las afueras encontramos los paisajes que somos, esa luz que nos golpea y es dulce a un tiempo, esos otoños que ya conforman la tristeza de nuestra carne, esa muerte amable y cotidiana que nos acaricia y nos regala su trágica lección. Poesía conclusiva, a veces, que aspira a decir la verdad a través de un ritmo personal y clásico, una música que es elogio del aire. Poesía que sabe que esa verdad es inefable, y que siempre habita en el corazón herido, entre las rocas de nuestra carne vulnerable. Razón de amor que se expande en las preguntas y que mitiga los pesares, hace crecer las flores en los territorios de la desolación. En fin, una canción y una humilde metafísica que se funden, que escalan como la hiedra por su muro buscando la claridad. Poesía que es alcance y que es posesión de vida, que pretende acariciar la realidad, la savia que asciende por el árbol, el espesor de la piedra. En fin, una poesía de entrega que camina hacia la luz, la luz de las palabras.

En Todavía el asombro Javier Gilabert (Granada, 1973) elabora una poética del instante: una apuesta decida por la sencillez como caudal inagotable y por la profundidad que se abre en lo inmediato, una búsqueda, en definitiva, del milagro que late en lo cotidiano y que también llamamos esencia. Por ese camino unívoco nos conduce Gilabert hacia asombro, para que descubramos también la luz que se detiene en la mirada agradecida del poeta.

Quedan, por suerte, premios literarios que recompensan a la buena literatura, a la buena poesía. De estos es el que ha recibido ‘Todavía el asombro’, libro manantial, reflexión serena ante la belleza y la conciencia de su caducidad. Ejercicio de desnudez, de despojamiento, en que el poeta abre puertas y ventanas del alma para que entre la luz. Y el asombro.

En el título, la clave está en el adverbio. Todavía. El asombro es condición natural del niño, pero el tiempo puede secar de raíz esa facultad de percibir lo maravilloso. Hay que conservar, como Javier Gilabert, esa capacidad, sin la cual la vida no es sino triste derrota. En el poema liminar, «Gramática del asombro», nos muestra su concepción de la poesía: «el poema es el centro del lenguaje» y «el instante es el centro del poema». Y el instante, el fuego sustraído al devenir irremediable del tiempo, solo es perceptible a través del asombro. Lo formula admirablemente Gilabert: «El asombro es la carne del instante / y arraigan sus cimientos en la luz». Toda una poética, que a mí, además, me resulta enormemente cercana (mi primer libro se llamó, precisamente, ‘Luz del instante’).

Sobre estos cuatro pilares conceptuales (voz/instante/luz/poema) está construido este libro diáfano, de una sencillez conquistada, como en el famoso poema de Juan Ramón Jiménez, a través del despojamiento. Me ha recordado mucho este libro al que recientemente ha publicado otro poeta que estimo también grandemente, Antonio Pascual Pareja: ‘La hermosa pobreza’. En ambos la desnudez es condición necesaria para ser traspasados por la luz.

La cita que sirve de epígrafe al libro en su conjunto es de un conocido poema en que Catulo, el poeta latino, nos alerta de nuestra condición efímera. Porque somos efímeros, precisamente, hemos de afilar nuestros sentidos, hemos de aprender a mirar verdaderamente, no solo a ver: asombrarnos, por ejemplo, del tesón con que la hiedra se aferra a los muros, de las formas cambiantes de las nubes o del humo. Es necesario, siempre, «mirar el mundo con unos ojos nuevos» (p. 45). Decía Oliverio Girondo que «la costumbre nos teje telarañas en los párpados»: Gilabert nos enseña que contra la costumbre hay que andar en perpetua rebeldía. Nacer cada día (la segunda parte del libro, «El instante», va de la celebración del alba al miedo terrible al ocaso, que no debe, en modo alguno, ensombrecer la luz de la vida:

No dejes que lo malo por llegar

ocupe el pensamiento con su sombra.

Tan sólo es posesión el mero instante,

la luz que se nos da.

La luz,

la vida aquí,

la vida ahora.

Y de la luz habla la tercera sección del poemario, que, muy oportunamente, tiene como título un conocido verso de Claudio Rodríguez, «Siempre la claridad viene del cielo». Precisamente porque nos aguardan las sombras, hay que abrir los sentidos a cuanto la vida tiene de luminoso:

Detrás de cada sombra está la luz.

Entre las dos existe

espacio suficiente.

La disposición tipográfica del poema registra precisamente esa distancia, ese espacio, que es el que la vida nos invita a conquistar.

La última parte del libro es la consagrada al poema, y en la que Gilabert vuelve sobre cómo la tarea del poeta es, ante todo, ver, y después, crear, contribuir también él al asombro, suscitarlo en los otros:

Inventan geometrías imposibles

las nubes a su paso,

y me fascina

pensar que al otro día la ventana

probablemente muestre

un cuadro muy distinto.

Quisiera hacer lo mismo en el papel.

La contemplación de la naturaleza suscita el asombro. «Abrir los ojos es romperse por el centro», decía Lezama Lima. El poeta ha de recoger la luz y reflejarla.

El libro se cierra con un soneto blanco, a modo de coda final, que es uno de los dos únicos poemas de cierta extensión del libro, junto con el primero. El signo de este libro es la brevedad, la concisión, la exactitud:

Siento fascinación por los poemas

que ocupan poco espacio en el papel

y envueltos en silencio te destrozan.

Envuelta en un silencio significativo, eficaz, demoledor está a menudo la poesía de este libro, que tiene, además, un marcado sabor clásico, en gran medida por estar escandido casi siempre en luminosos endecasílabos: También, claro está, por la presencia de los clásicos: se cita a Catulo, a quien ya mencionábamos, y también a otro poeta latino, Marcial, y a San Agustín. Y los no menos clásicos, aunque más próximos a nosotros en el tiempo, Claudio Rodríguez, Rafael Guillén y Miguel de Unamuno.

Libro hondo, sereno, reflexivo, verdadero, esta nueva entrega poética de Javier Gilabert. Gracias, poeta, maestro, por enseñarnos esta gramática del asombro, que es escuela de poesía y también de vida.

La esperanza se aferra a lo que puede y allí crece. Bien lo sabe y mejor lo escribe mi muy querido y admirado Javier Gilabert, orfebre de la belleza, cuya luminosa poética siempre impregna al lector de una elegante mansedumbre, de armonía y generosa lucidez.

Y así, en Todavía el asombro —qué gran título, por cierto—, el autor nos regala una obra única y especial en su fondo y forma, acaso su más alta cumbre hasta la fecha.

Pocas veces ha surcado mis pupilas un poemario con un principio y un final tan exquisitamente hilvanados, tan dignos. Así, «Gramática del asombro» supone una suerte de hoja de ruta, de mandamientos tallados en puro alabastro que nos muestra qué señales nos deparará el camino, hacia qué huellas se dirigirá nuestro paso lector. Y cerrando el círculo hallamos «La vida ahora», un incontestable soneto despojado con valor y talante de su corsé, un canto de amor al presente —que es todo cuanto podemos (y debemos) abrazar—.

Me atrevo con convicción a afirmar que «tan sólo es posesión la vida ahora» es uno de los más excelsos versos que poeta alguno haya sabido tatuar en los labios del tiempo además de una sublime clausura, rozando lo místico, lo glorioso, como en muy pocos libros se habrá alcanzado a leer.

Y entre ese alfa y ese omega, en el interior de sus muros de luz, encontramos una sucesión de perplejidades, una búsqueda consciente de la esencia primera (y última) del poema, versos despojados de sus ropajes y artificios hasta alcanzar su raíz misma, su núcleo, acaso su milagro.

Y es que se trata de mirar, es el secreto. El poeta sabe que es en la verticalidad de los horizontes dónde aguarda la pureza y así, al volver a ser el niño, nos ofrece una colección de pequeños poemas que tienden a lo infinito con precisión de arquero, máximas proverbiales, versos que brillan como diminutos estrellas en el inmenso manto de la noche, tan prudentes, tan necesarias.

Y qué decir de la cuidada y lograda edición: la portada (Magritte mediante), la anecdótica acta de un Premio pocas veces tan merecido, la tipografía, el gramaje de las hojas, las citas…

No existe el libro perfecto, sin duda, pero sí muchos que se le parecen. Sirvan estos asombros de Javier Gilabert como un claro ejemplo.

La calma y la belleza están presentes en los instantes que hacen tus poemas.
Existe una voz propia en la luz de tus regresos al campo de papel donde aras con tus palabras encendidas.
Como dice Rainer Maria Rilke: << ¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo.>>… y tú lo practicas y transmites el milagro:
<<Todavía el asombro>>
hace posible la vida:
eleva el alma de las personas lectoras de tu libro:
nos devuelve la música de la infancia que habíamos olvidado:
en tus poemas celebras el júbilo por el despertar a la vida verdadera de lo sencillo.
TODAVÍA EL ASOMBRO de Javier Gilabert (XV premio de poesía Blas de Otero/Ángela Figuera, El Gallo de oro, 2023).
Hace un par de semanas, tuve ocasión de participar en un proyecto de homenaje a la poeta berciana Carmen Busmayor. Intentando definir su “perfil”, talentoso por igual para el arte individual y la organización de experiencias colectivas, se me venía a la cabeza esa distinción clásica entre el poeta “monódico” y el “coral”… y cómo sorprendentemente son dones que pueden a llegar a coincidir armónicamente en un solo artista. Vale esta definición para Carmen y sin duda también para Javier. Del que todos sabemos que es mucho más que un poeta. Que es profesor, músico, crítico y, además de escritor, infatigable promotor de proyectos culturales destinados (con éxito) a trenzar lazos humanos entre poetas de voces y hasta orígenes geográficos diferentes. Toca en las próximas líneas celebrarlo como escritor lírico. Y en la que es , y su prologuista Julen Carreño está de acuerdo, en una de sus obras fundamentales y más justamente reconocidas.
Se inicia “Todavía el asombro” con una significativa cita de Vicente Gallego (Y pienso que en las grandes creaciones/vida y arte no alientan en lo extenso,/sino en ese detalle que despierta/nuestro asombro), preludio de una filosofía “minimalista” en que se rechaza lo retórico o lo lapidario en busca del detalle hondo y significativo. Constituye simultáneamente una línea estilística y temática por la inteligencia con que se sugiere la comunicación entre lo mínimo y lo inabarcable… precisamente porque el propio ser humano es esa “tensión” entre el átomo y el universo (De la pupila al córtex el camino/del pulso de la luz/parece irrelevante y, sin embargo,/en ese lapso en que la imagen llega,/el pensamiento tiende al infinito). Determina una poesía profunda que no hermética que permite protegernos del dolor que produce no saber distinguir lo “contingente” de lo “necesario” (Damos tanta importancia/a lo que no la tiene/que andamos más de media vida lejos/de nuestra propia vida,/ensimismados).
Su vena metapoética nos pone delante una original visión del poema círculos concéntricos (poema/instante/asombro) o un vórtice feliz que precipita todo hacia su alegría enunciadora (“gramática del asombro”). Como en Juan Ramón Jiménez, una posesión íntima que se desgrana espontáneamente al contactar con la soledad y la pureza (En esa rara luz de la mañana/donde lo puro aflora y se apodera/voraz del pensamiento,/descubro que hay silencio en mi interior,/la descarnada urdimbre del poema). La imagen del “escribir como arar” nos “vacuna” de la presunción (tentadora) de creer que el arte, por serlo, no es también artesanía o de que es una pura espontaneidad que no requiere esfuerzo, aunque pese a ello se sienta preferencia por el poema breve pero ancho (en pensamiento, en conmoción). Está relacionado con el trabajo incesante de reescritura y trazado de versiones de cada pieza realizado por Gilabert para el poemario actual o con su cuidadosa estructura, como señala Carreño en su prólogo: …se suceden un proemio y cuatro partes, compuestas a su vez por trece piezas cada una, además de la Coda final. Nada sucede por casualidad en esta obra. Y por ello sus textos se nos antojan una solidez cimentada desde la fragilidad, como la de esos “puentes que cimbrean”.
Aparece en ocasiones un tono admonitorio que relaciona al autor con tópicos clásicos de apelación a la vitalidad (Renueva la consciencia, parpadea/imbúyete de aquello que transforme/en la mejor versión de tu persona/al ser que late en ti en lo más profundo./Si no te ocupas tú, lo hará la muerte) o a la prevención contra lo erróneo y lo doloroso. Ese apóstrofe al lector es también un canto a la voluntad, a la necesidad de educar la mirada en la lentitud para que pueda brotar la revelación. Sobre todo respecto al tema del miedo, tan inseparable del hombre como su sombra (aunque, para reforzar su irrealidad, apunte el poeta que no tiene “sombra ni sustancia”) pero al que es consciente de que puede doblegar con el arma nacida en su brazo y su mente que es la belleza (Si alguna vez el miedo/pudiera con nosotros,/no habría más poemas./No existe, no imagino,/un miedo tan inmenso) y la sensación de gratitud ante la existencia que revela a un alma que ha preservado su inocencia y la valora como un don (Hoy siento gratitud por estar vivo,/por cada amanecer que se despliega,/misterio inabarcable, ante nosotros). Logro imposible sin ese coraje de saber vagar entre sombras y apariencias sin extraviarse que tan sincrética y precisamente se caracteriza en este poema: El umbral de la luz es un camino/que se ha de recorrer con valentía./Basta saber mirar sin la mirada/para adentrarse en él/y ser consciente/de que conduce siempre al interior./Deambulo entre ese umbral y las estancias.
La naturaleza se convierte a menudo en alegoría doméstica (la hiedra, el musgo, el árbol desnudo que enseña el hermoso minimalismo de la humildad), por eso es tan hermoso como exacto un verso como “sucumbir al asombro en el detalle”. Frecuentemente, en ella reside el sentido de lo esencial aunque siempre asumiendo lo escurridizo de sus formas no como un lastre sino como un enigma que estimula el afán de saber (En la columna que dibuja el humo/intento en vano/encontrar un patrón./Lo mismo me sucede/con la vida). Una naturaleza cuyo poder sobre nosotros es involuntario y, por ejercerlo desde la inconsciencia, más firme (Un cielo que amalgama los colores/ y escoge en su paleta los precisos/se exhibe sin pudor,/pues sabe de mi vida/y la espolea)
Como un “y se quedarán los pájaros cantando” del antes mencionado Juan Ramón, la certeza del final se retrata con una leve melancolía pero sin ningún tipo de sobreactuación dramática. La fugacidad de nuestro pasar puede crear una parálisis en la que quedamos como “estáticos” ante el estupor de nuestras dudas (Apenas un suspiro y media vida/quedó del otro lado. La pregunta/se aferra fuertemente a la garganta,/tan fuerte que consigue que el silencio/se instale en el lugar de las respuestas). Hay una revisión (aunque en ocasiones también confirmación, como el del ocaso asociado al acabamiento vital) de tópicos existenciales (que posibilita la definición de Carreño del libro como “vadémecum de la gratitud y la esperanza”) como las “presentes sucesiones de difunto” de Quevedo en que lo progresivo de la muerte, más que una posibilidad angustiosa, la convierte en un “deshilarse” que avanza a nuestro paso y que podemos asumir con serenidad. El dolor, en un insólito movimiento retrospectivo puede dirigirnos de nuevo a la pureza (El insomnio es lugar/donde el dolor germina/y crece y con la noche/se viste de futuro y/nos lleva/de la mano/a nuestra infancia. Hay un poso “guilleniano” (pero creo que en este caso más de Jorge que de Rafael pese a que sea este no solo el receptor de la dedicatoria del libro sino quizá el maestro poético más próximo afectivamente a Javier) en esa visión de la muerte como un paso, más que necesario, imprescindible para que exista una verdadera comunicación emocional entre todo lo que es efímero. La insatisfacción se convierte en estímulo para hacer de una vida una continua revisión perfeccionadora (La búsqueda interior implica falta/de aceptación. Deviene del recelo/por si no es suficiente cuanto somos), batallando contra la sensación de estatismo, de suponer que cada día retorna el afán a su punto de origen, a menudo ficticia gracias a la infinita capacidad de regeneración de la naturaleza (La fronda de unos álamos recorta/un cielo semejante al de otra tarde,/pero a la vez tan nuevo, tan distinto/que brota en mí el asombro y lo contemplo/al tiempo que regresan las preguntas). Y como “lema” la afirmación absoluta del hoy, atendiendo a la concepción del presente como único tiempo real pues lo que aguarda, tantas veces en vano, el miedo es tan difunto como lo ya sido.
Merece la pena, y mucho, detenerse en las imágenes simbólicas de lo más inmediato, de las que devienen deslumbramientos (significativamente, se habla de “milagros cotidianos”) tan hermosas, tan mínimas y precisas como alegorías de bolsillo con las que se podría hacer una letanía: el mirlo que horada el suelo en busca de sustento como él mismo tensa la palabra para transformarla en belleza, la vida como postal “con las esquinas algo desportilladas”, el miedo como estatua, el tendido eléctrico asociado a la nostalgia, las nubes como la disposición original, espontánea, que se pretende en el poema.
Acabo estas líneas comentando la relevancia que tiene en estos versos el canto a la mirada. Por eso se dirige el poeta al “hombre atento” que es como un vigía de lo asombroso cuya observación se convierte en “sacramento”. Mirada que descubre y reinventa la realidad (Ojos, los del asombro./Ojos, los del instante./Has de mirar el mundo con unos ojos nuevos:/la perspectiva aúna/lo inmensamente bello de lo simple) hasta el punto de crear una intensa ficción de nacimiento (nacemos con el alba cada día) y posibilita captar lo insólito cuando ya todo se creía gangrenado por la costumbre o el tedio, hasta que el asombro es casi una superstición mística (El sol desvela el día./Ante su magia,/se entorna la mirada con respeto/como si fuese un santo arrodillado/delante de una talla de madera).
Mereció la pena, Javier, todo ese esfuerzo que supongo pudo ser por momentos extenuante. Todos esos cambios de nombre y seguramente también de piel que ha tenido el poemario. Todo ese “tiempo en el que cada composición ha sufrido no ya versiones, sino cambios tales- léase el término en un sentido aristotélico, referido al movimiento- que se ha hecho merecedora de una narrativa propia” que caracteriza Julen Carreño en su prólogo. Pero aquí está el logro. Un libro que nos deja más cerca de ti mismo que de tu pensamiento. Hasta el punto de que es casi el equivalente a darte un abrazo.

He releído tu poemario y, como en la lectura inicial que hice hace meses, me ha gustado mucho. No soy un experto en poesía ni en crítica ni en nada, pero, tanto ahora como entonces, me resultaron muy sugerentes los versos cortos y, para ser más concreto, lo que haces en el poema III de la primera parte, generando un correlato entre el sentido del poema y la propia factura del mismo en el libro. A la vez que lo leía he ido reflexionando sobre los temas de los que —creo— habla el poemario. Siempre tengo la tendencia a buscar el sentido de lo que leo y, sin querer reducir la poesía a un puro acertijo, me parece que al final los versos no están ahí por una motivación únicamente estética, sino que hay una sustancia, un significado, algo que ha querido expresar el autor. En el caso de tu poemario me parece que es la relación entre hombre y mundo, la posibilidad de imbricar un sentido en esa relación, la simpatía y hermandad de ambos que, según entiendo, se consuma en el asombro. La posibilidad de asombrarse es la llave para que el mundo se cargue de sentido, para poder habitarlo como un hogar. Dejo aquí el resultado de la reflexión en torno a “Todavía el asombro”.

 

  1. La voz

“El mundo está en los ojos” porque son éstos donde se genera el mundo. Así, no hay nada más revelador que una observación pausada (“se trata de mirar, es el secreto” (I)). Pero en esta primera mirada, el sujeto poético no encuentra aún acomodo (III), por mucho que ese sea su deseo y que no pierda la esperanza, ya que ésta, “se aferra a lo que puede y allí crece (II). Asombrarse del asombro es asombrarse del designio de encontrar algo detrás de la superficie el mundo, de que el mundo no sea sólo un objeto estético, mera lisura de imágenes sin profundidad. Por eso, lo importante no son sólo los ojos, que captan la apariencia de las cosas, sino el corazón (IV), que, al cabo, es el que tiene necesidad de ese sentido, el que se pregunta “¿qué quedará de mí / cuando este sol se ponga?”. Se atisba ya en esta parte del poemario la solución de este problema: volver a ser niños. Porque sólo el niño sucumbe al asombro del detalle (VII). La inocencia es esa recreación lúdica de la existencia, esa generación constante del mundo, como ya había visto Nietzsche, que encarna en el niño la imagen del superhombre. Sin embargo, el tiempo nos aleja de esa añorada inocencia (IX), la conciencia de la finitud es, en fin, la culpa, que diríamos con Heidegger, con la que carga el hombre en el mundo. Saberse finito es saberse frágil, contingente y, hasta cierto punto, tomar conciencia de que el mundo no nos mira, que éste es un puro mecanismo sin finalidad. Entonces el paso del tiempo es un lamento, un sucederse inútil de las cosas sin sentido, un dolor sin fondo y sin motivo: “el tiempo se derrama / como sangre que mana de una herida” (XII). La temporalidad es la medida de lo humano y asumirla es apropiarse de uno mismo. Si lo pensamos bien, de hecho, la temporalidad es condición de posibilidad de lo humano, pues para un ser eterno, cuya experiencia del tiempo es un presente infinito, no tiene sentido la libertad. Por eso, es tan importante para nosotros ser justos, actuar sin traicionarnos a nosotros mismos, ya que “apenas un suspiro y media vida / quedó del otro lado…” (XIII). Así, “de pronto estoy despierto y es de día” y tomamos conciencia de que la vida pasa sin que nos demos cuenta, de que tenemos que hacérnosla nosotros y de que cada momento es irrepetible.

 

  1. El instante

Lo irrepetible nos conecta con el instante, porque todo instante lo es. Por eso, conviene abrirse al presente, asombrarse de ese mundo que tenemos delante y que nos roza, intentar ser del sol su recipiente (III). Porque el mundo, con su sabiduría telúrica, nos desvela las huellas, los claros donde encontrar un resto de la luz de ese sentido que anhelamos. Y así cada día se abre como una posibilidad nueva, como el juego de un niño, como una aventura (“nacemos con el alba cada día”, IV), y se fragua la reconciliación con el mundo. Pero esta reconciliación surge de la asunción de la finitud, de la muerte, como una etapa más. Así pues, se trata de una reconciliación que renuncia al subjetivismo y, en último término, a darse más importancia de la que uno tiene, al egocentrismo. En fin, es una reconciliación que asume el miedo, o yo diría incluso la angustia —siguiendo la diferenciación que establece Heidegger entre ambos estados de ánimo en la analítica existenciaria del dasein—, porque no es un miedo inconcreto, un miedo que “no tiene sombra ni sustancia” (VIII). La vida consiste en asumir nuestra condición, satisfacerse de ella, en disfrutar de lo que nos trae el día: “vivir no necesita más adornos” (XI). La consecuencia natural de ese sentimiento es la gratitud: “hoy siento gratitud por estar vivo, /por cada amanecer que se despliega, / misterio inabarcable, ante nosotros” (XII). Zaratustra considera que el agradecimiento es el primer signo de los convalecientes, los brotes verdes para la transición al superhombre. Estos versos en torno a la gratitud recuerdan también a Kierkegaard, que dice en Los lirios del campo y las aves del cielo: “qué pobreza no poder dar gracias”.

 

  1. La luz

Esta actitud vital, este estado de ánimo, esta forma agradecida de encontrarse, abre el mundo como un lugar propicio para el asombro: “yo creo en los milagros cotidianos (…) los brotes vuelven a ser sombra / las nubes nunca son iguales” (II). Ese observar el misterio de las pequeñas cosas, como ya hemos dicho, no está en la mirada, sino en el corazón que carga emocionalmente la mirada. El objeto no está fuera, la imagen no surge en la pupila, sino en la interacción entre pupila y córtex (VI). Y es la luz la que nos muestra el milagro de las cosas, porque en ésta el instante se deja ver en su plenitud como digno de asombro y el mundo se percibe como una totalidad con sentido (“la luz cambia el aspecto de la tarde /convierte en sacramento el acto de mirar”, X). Todo es sagrado en su momento de iluminación, a pesar de la inevitable finitud. Y así, aunque la muerte sea una raíz profunda en nosotros, de ella se eleva un bello árbol.

 

  1. El poema

Y como resultado de este estado agradecido en el mundo, surge el poema. Como retribución del poeta con el mundo, pero también como perspectiva sobre éste, como juego que busca organizar su sentido, recoger y reconstruir las chispas de la luz sagrada. Pues lo sagrado siempre se presenta como una expectativa incompleta y el esfuerzo del poeta es completarla en el poema. Y es que el poema no es mera voz, no es queja, aullido, puro lamento, sino que es logos, es la palabra que dice el ser de las cosas, que desvela su sentido, es aletheia. Y el poemario, así, se torna circular, volvemos otra vez al principio, a ese sentido que hay que articular y que se articula, en este caso, poéticamente. Pero es que la vida misma es ese ir y venir, es ese coserse y descoserse, (“camino en círculos y vuelvo al punto / en el que pienso que empecé, IX), ese intento de encontrarse en las palabras (X). Consecuencia natural del asombrarse, porque el asombro espolea el misterio y con éste regresan las preguntas. Un poema es, al cabo, una respuesta a esas preguntas y una especie de juego, por eso el poeta tiene conservar la mirada del niño.

Reseñas