EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES

Javier Gilabert

XXXI Certamen de las Letras Hispánicas “Rafael de Cózar”
Universidad de Sevilla
Ed. Espuela de Plata (Renacimiento), 2026

«Gilabert escribe como quien cuida un jardín de bonsáis: atento a lo que cada poema, que late con vida propia, necesita».

Marcos Díez

«Javier Gilabert cuida bonsáis. Es una de sus ocupaciones. La otra es la poesía. No sé desde cuándo los bonsáis, pero a la poesía llegó con una edad lejana a la adolescencia o primera juventud. Llegó vivido y desde esa experiencia escribe sus poemas. Cercanos. En busca siempre de la exactitud y de la sencillez».

Tomás Hernández Molina

Sinopsis

En esta obra, el lector encontrará un poemario íntimo y reflexivo que explora el vínculo entre la figura paterna y la naturaleza a través del símbolo del árbol. La obra aborda temas universales como la pérdida, la memoria y la transmisión generacional, pero desde una perspectiva renovada que incluye las nuevas masculinidades y una ética del cuidado.

El lenguaje es sencillo y directo, pero al mismo tiempo lírico y profundo, combinando poemas extensos y breves, algunos inspirados en la poesía japonesa y en la filosofía zen. El lector podrá sumergirse en una experiencia poética que invita a la contemplación, la reflexión y la meditación sobre la vida, la muerte, el duelo, la paternidad, y la responsabilidad hacia el medio ambiente.

Opiniones

Sobre El magisterio de los árboles. Una lectura de José Iniesta Maestro (comentario publicado en Facebook el 5.04.26: https://www.facebook.com/share/1DjymJcoZn/): «Pasear por sus versos cada vez más esenciales y desnudos hace que sienta su alianza más honda. Desde el símbolo del árbol, desde la contemplación del árbol, desde el eterno árbol que es el padre y el mundo, este poeta cuida y hace crecer otro árbol, el árbol fecundo e interior de la palabra. Porque la poesía y el árbol son lo absoluto, música que hunde sus raíces en las profundidades del alma, ramas que escalan en la claridad del cielo. Desde hace ya un largo tiempo yo también he contemplado cómo ha ido creciendo la poesía, el árbol de la poesía de mi amigo Javier Gilabert, y hoy celebro el árbol conformado y crecido, personal de su voz. Poesía nacida de la vida misma, desde la luz del amor, en el denso bosque de lo familiar, de las presencias y las desapariciones. Poesía que sabe fluir con músicas y silencios, sin desmesuras no retóricas, desnuda de sí misma y mínima como un clamor. Comprensión del devenir y desconcierto, asombro siempre de sabernos vivos y temblando, belleza que se eleva sobre sí misma para crear no sabemos qué que nos empuja a no sabemos dónde donde podemos acariciar lo sagrado, la música que se expande. En un árbol habita el todo, en su quietud y en el mismo lugar que lo sustenta está el sentido del bosque. En un poema también se puede condensar nuestra vida entera. Animo a leer El magisterio de los árboles porque su poesía la sentiréis cercana y comprensible, sincera y sin decoros, carne de vuestra carne, árbol de vida.»

César Rodríguez de Sepúlveda en Facebook (https://www.facebook.com/cesar.rodriguezdesepulveda/posts/pfbid0zv4scvS4kfcy61DZagRvf3gwSD59SHrC2vE4CPQR1qpk7E1c2mdkMERSpC3p1ssGl)

Hay poetas pacientes que saben escuchar la voz de sus poemas y aguardan a que estos les revelen su forma más verdadera. Hay poetas afortunados que, habiendo aprendido de los árboles, saben que la palabra adquiere más vigor si se la entrelaza con el silencio. Hay poetas sabios que dejan crecer a sus poemas, como organismos vivos que son, y los acompañan, solícitos, y los cultivan como si estuvieran esculpiendo bonsáis. Hay poetas que no pueden dejar de asombrarse por las pequeñas cosas, que aprenden —y es jardinería laboriosa— que lo esencial puede tener las dimensiones exiguas y precisas de un haiku.

Hay poetas tan buenos que hay que leer sus textos varias veces para cerciorarse de que hayan conseguido expresar con tan alta sencillez sentimientos de sutileza casi inaprehensible.

De esta estirpe de poetas —de esta estirpe de árboles que nos miran al pasar y nos reflejan— es Javier Gilabert. ‘Todavía el asombro’ (2022) era un libro extraordinario, pero ‘El magisterio de los árboles’ —qué talento para titular, por cierto— es todavía mejor.

El libro, galardonado con el Premio Rafael de Cózar, acaba de aparecer en la editorial Renacimiento.

Aduzco, para que se vea y se demuestre que no hablo por hablar, dos poemas que pueden dar el tono del libro.

EL RESTO DE SU VIDA

A mi madre.

Al poco tiempo de morir mi padre,

mi madre me pidió

que me probara alguna de sus prendas.

Cogí una cazadora de su armario,

la que llevaba puesta en esa foto.

Delante del espejo

sólo vi la tristeza de mi madre,

el resto de su vida,

la vasta soledad de lo que permanece.

(página 20)

UN NIÑO ANTE EL ESPEJO

Hay algo traicionero en el otoño,

la falsa sensación de que es amable

como una lluvia fina o un poema.

Quizá sea su luz que, igual que azogue,

envuelta en piel de hojas nos confunde.

O puede que observemos a los árboles

como se escruta un niño ante el espejo,

quizá por ese ámbar silencio de la savia,

o por su parecido con la muerte.

(página 42)

Y cómo resistirme, de un libro tan japonés, a citar por lo menos uno de sus exquisitos haikus:

ICHI (いち)

De nuevo lluvia

sobre las hojas muertas:

luces de invierno.

(página 45)

(Opinión publicada en Facebook:  https://www.facebook.com/angel.fernandezbeneitez/posts/pfbid0obwaRzn7u7wYqjAqpiVrAhLSaaYN2exztcc8RnG1voe4ZiftCZAZUuhewMkntzFml)

He recorrido las páginas de EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES con placer, a pesar del sentimiento que han suscitado los poemas de la parte primera EL PRIMER ÁRBOL, en que el poeta permite acompañarlo en el duelo por el padre fallecido, el primer árbol:

“Un padre es como un árbol. A sus ramas

trepamos por primera vez e hicimos

un nido en el que aún nos cobijamos.”

Con estos tres primeros endecasílabos blancos inicia Javier Gilabert su discurso. Con ellos se establece el tono, “a sílabas contadas que es gran maestría” podría añadir el fraile de Berceo si le fuera posible asomarse a este mundo de hoy. Echaría de menos la rima, sin duda, pero captaría el gusto por la palabra directa, sencilla. Gilabert se permite una comparación explícita en el primer verso que se desarrolla en los siguientes. La difícil facilidad de lo sencillo va a ser la pauta de los poemas sucesivos. La emoción contenida por el tono está presente en todos los poemas de esas primeras secuencias que terminan con el poema OLIVO. Especialmente en PATER , FILII ET SPIRITU, en que el imparisílabo (endecasílabos y heptasílabos blancos a modo de silva) alternando la primera persona y la segunda persona en un monólogo dramático. El uso de términos latinos ritualiza de alguna manera el poema dándole un carácter religioso. ¿A modo de oración?

El paseo literaturístico por la segunda parte, EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES, que da título al tomo nos ofrece una suerte de diálogo personal entre el poeta y sus bonsáis. Dice Google que un bonsái es una réplica de la naturaleza en forma de árbol sin que a su vez se observe con demasiada claridad la intervención del hombre en su estado final. Añade que las connotaciones añadidas al término: Estilo y formas similares a las de un árbol cualquiera. La diferencia será el tamaño.

“No hay cosa que los árboles no sepan,

ni nada que no enseñen si se atiende,

partiendo del asombro, a su dictado.”

Con esta aseveración sapiencial se inicia esta segunda parte que recoge una cita de Juan Ramón Jiménez. “Me detuve como un árbol / y oí hablar a los árboles.” Esa quietud arbórea no sé a qué remite si un estatismo místico o una metáfora mágica. Pero así es la poesía: no se llega a entender todo, al menos en un primer contacto.

Debo reconocer que no me atraen los bonsáis por motivos políticos, pero he de reconocer que pueden ser tan admirables como La Piedad de Miguel Ángel. No sé si tanto.

Sin embargo, aprecio en esa labor la semejanza con la labor del poeta: paciencia y esperanza. Y, como dice Javier Gilabert el cuidadoso uso de la tijera. Hay miniaturas poéticas de un gusto exquisito como uno de los haikus que incluye en esta parte del libro:

GO

En mi jazmín

discuten los gorriones

la primavera.

Comentario publicado en Facebook: https://www.facebook.com/jesuscottalobato/posts/pfbid0zpwm53K5Gb7H2B2E8dqW4kLHLB72ACJuWkXgPGcriVFUnyZrQhJEDQTAAJXwRCp6l

He disfrutado mucho de este poemario no sólo porque es buena poesía, sino porque los protagonistas son los árboles. Los árboles me han elegido desde mis inicios como uno de sus poetas, así que siento una simpatía muy grande por los poetas a los que les pasa lo mismo. Y Javier Gilabert lo hace con versos sencillos y serenos, como son los árboles.

Nada más que por un haiku como este, el libro merece la pena:

En mi jazmín

discuten los gorriones

la primavera.

Hay muchos otros buenos poemas, como ABRIR LOS OJOS, que es toda una poética, que consiste en “mirar contra el olvido”; COMIENZOS, y NIÑO ANTE UN ESPEJO, ESTELAS, GRANADO, TIERRA MOJADA, UNA GOTA DE LLUVIA… Pero mi favorito es ENEBRO. Me parece el poema más inspirado de todo el libro: en él, el enebro tiene una historia, una personalidad, sabe sin saberlo que no ha venido a la existencia a estar solo y ser autosuficiente.

Cuánto me alegro de que el libro haya sido premiado y editado en la preciosa colección Espuela de plata de Renacimiento.

«Qué delicadeza, cuánta hondura, menuda precisión para llevarnos al asombro. Uno de los libros que más me ha conmovido de los últimos tiempos.»

Javier Gilabert es maestro (cómo me gusta eso, viniendo de maestros y casado con maestra), y en este Magisterio de los árboles imparte una lección magistral, valgan todas las redundancias. Uno de los libros que más me ha gustado en lo que va de año. Maravilla, querido Javier. Cuánto que aprender de estos pequeños poemas.

Este libro tiene para mí un significado especial. He tenido el privilegio de acompañar a Javier durante buena parte de su gestación. He visto crecer estos poemas desde sus primeros brotes, cuando apenas eran una intuición o un temblor en la página, y también he asistido al paciente trabajo de modelado que toda verdadera poesía exige: la lupa y la tijera, la escucha atenta, la depuración de cada palabra hasta dejar únicamente aquello que resulta imprescindible.

El resultado es El magisterio de los árboles, una obra que mereció alzarse con el Premio de Poesía Rafael de Cózar y que ha sido publicada por la prestigiosa editorial Renacimiento, dos reconocimientos que vienen a confirmar la solidez de una voz poética plenamente madura.

En sus páginas encontramos una escritura de una extraordinaria musicalidad. Hay en estos poemas una afinada música interior que los atraviesa y que termina por mecer también al lector, llevándolo de un texto a otro con la naturalidad de quien avanza por un bosque donde cada árbol guarda una revelación distinta. Pero esa música nunca se impone; acompaña. Del mismo modo que la emoción nunca se desborda, sino que se sostiene desde una admirable capacidad de contención.

Javier Gilabert pertenece a esa estirpe de poetas que no necesitan levantar la voz para hacerse escuchar. Su poesía se reivindica desde el asombro, desde la sugerencia, desde la confianza en que lo esencial suele habitar en aquello que apenas se nombra. Sus versos iluminan sin estridencias y nos invitan a mirar el mundo con una atención renovada, como si todavía fuera posible aprender algo decisivo de la naturaleza, de la memoria o de los pequeños gestos cotidianos.

El magisterio de los árboles no solo nos ofrece una de las voces más personales y depuradas de la poesía actual, sino que nos recuerda que la verdadera enseñanza, como la de los árboles, suele producirse en silencio, lentamente, mientras echamos raíces.