BAJO EL SIGNO DEL CAZADOR

Fernando Jaén y Javier Gilabert

Finalista del XXXV Premio Villa de Peligros

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Sinopsis

«Con el cuerpo sobre la tierra el desierto nos abraza. Allí, el beso piadoso de la arena, la secreta lengua de los insectos y las aves, las voces perdidas de los muertos. Allí, acaso, la oportunidad de comprender, de desvelar nuestro ser en cada herida, cuando el sol la baña de su gloria. Y es la verdad el tosco tacto del camino, la borrosa senda que hace tiempo que dejó a las lindes las certezas. Hemos de seguir caminando. Uno halla ante esta tácita sinfonía de auroras y de noches un reflejo que nos recuerda quiénes somos, quiénes podemos ser en el desierto de la vida, en una estepa en la que, pese a lo angosto de nuestras manos, cabe siempre el florecimiento prístino y victorioso de la belleza.

Javier Gilabert y Fernando Jaén ponen sus manos sobre las nuestras y nos dirigen a parajes ocultos donde se produce el reencuentro; nos señalan el discreto mecanismo de fragilidades que cimientan nuestra vida. Este libro es un viaje que no obvia que el agua necesita la sed, como tampoco lo contrario. Nada como caminar sobre la música de estos versos, entretejidos a la voz de cuatro manos, para redescubrir lo que nunca debimos olvidar, para recordar, después de tanto, lo que siempre fuimos».

Sinopsis del poeta Jorge Pérez Cebrián

Opiniones

Esa figura atávica y cuaternaria que preside la cubierta de Bajo el signo del cazador (Olé Libros, 2021) resume con su mirada alzada al cielo la morosa interrogación formulada por este poemario escrito a cuatro manos por Javier Gilabert y Fernando Jaén. Es un libro escrito sobre la soledad, el desamparo y la muerte que enrosca su cruda certeza sobre la mente demasiado sapiente del homo sapiens. Hoy vuelve a ser hoy, proclama el poema inicial, con un ambigua sensación de alivio o de hastío. Y desde ahí, los versos comienzan su penosa andadura por un mundo concebido como desierto, en un entramado de huesos, rocas, barro, serpientes y alacranes puestos, como miguitas de pan, por el paso implacable de la muerte. ¡Qué humilde es el ajuar de un muerto!, proclama uno de sus versos. Sin embargo, no es la desesperación el sentimiento que impregna este libro, sino cierta inacción que lo acerca al nihilismo: Si polvo somos, qué sentido tiene / querer ser barro en este inmenso erial. Con llamativos extremos entre recursos vanguardistas como el caligrama del poema Biblioteca y estrofas de hechura tan provocadoramente clásica como el soneto o la sextina final, Bajo el signo del cazador agavilla sus versos en una compenetrada ligazón espiritual que nos hace olvidar el doble ADN lírico que late en su urdimbre. Un aplauso a Javier Gilabert y a Fernando Jaén por esta propuesta inquietante e innovadora.

Vuestro libro me ha enganchado de principio a fin. Me gustan tanto su ritmo y su estructura formal como su contenido. Creo que habéis logrado una perfecta simbiosis entre ambos, hasta tal punto que parece escrito todo por la misma persona. Sobre el fondo quisiera resaltar la profunda mirada empática con la parte más frágil y vulnerable de la condición humana. Un libro muy en la línea temática de Fernando y de Javier, pero con un enorme originalidad en las imágenes y metáforas empleadas de forma transversal en todo el libro.

Como en la anterior entrega poética de Javier Gilabert (los fabulosos “Sonetos para el fin del mundo conocido”, junto a Diego Medina) también en “Bajo el signo del cazador” es más que pertinente leer con atención el prólogo. No sólo nos realiza una introducción a la base mitológica que cimenta el poemario, sino que preludia la complejidad psicológica del personaje de Orión: su “no olvides que aquello que te ha sido previamente perseguido, conoce el sufrimiento y tira a dar”, que nos recuerda a la película “Herida” o a aquella canción (“Me he perdido”) en que Nacho Vegas apelaba al “nunca te fíes de un animal herido” evita que, de entrada, el lector pueda situarse en un rol de victimismo o superioridad moral y por tanto pueda valorar toda la riqueza de matices tanto del personaje citado como del libro en su conjunto.

“Con las primeras luces” nos pone ante los ojos una vida aceptada casi por resignación, por fatalidad de participar en un ciclo de regeneración infinita que se restaura perpetuamente sin su consentimiento, un estado en que hasta la melancolía suscita añoranza porque la han suplantado la apatía y el vacío (“Inútil compañera, date cuenta:/la víscera, ahora sorda, no te escucha/ignora tu canción siempre que puede,/aunque mis pies la bailen con acierto).

En cuanto comenzamos a leer la sección “Desierto”, no podemos dejar de pensar en la enorme pertinencia de la cita inicial de ese conocidísimo poema de Valente. Sobre todo cuando el emotivo “Cabe tu amor” irrumpa para desvirtuar la sordidez del espacio poético con un sentimentalismo tallado a golpe de fe y coraje, (el mismo que aflora en poemas de amor con el potencial de conmoción de “El olvido”). … pero también con la honestidad de reconocer que ningún amor mitiga el instinto de ser despiadado (“Resistencia”).

Mientras leo estos poemas, recuerdo a Juan Benet y su personaje del “vigía” en “Volverás a Región”. Ese ser, mitad humano y mitad bestia mítica, que recorre esos páramos desolados como una encarnación, a la vez atroz y fantasmagórica, de la violencia que  ha quedado reverberando en el aire como un eco espeso. Aquí, la descripción poética del espacio también insiste en ideas de pobreza y aridez (reforzando su encarnación en impresiones sensoriales concretas como ruidos, olores, etc.), de sordidez y violencia reforzada en las alusiones a los animales combinadas con ese silencio humano que retumba hasta atronar en los relatos de Juan Rulfo (magníficamente caracterizado en el imponente “El silencio”). Un paraje que hace dudar del tacto de la propia realidad y determina que lo que pudo ser materia prima de lo vivo se convierta en grieta (“Barro”) pero que, pese a todo ello, sigue siendo un escenario que permite soñarlo como una posibilidad de redención personal (“Lo desprendido”).

El desierto es también un mundo de apariencias deslizantes cuya dinámica íntima es una continua mutación de formas (“Desierto”) que preludia la deslumbrante metamorfosis cadáver/vivo del imponente poema “Regreso”, en su aspecto externo parece adivinarse otro previamente engullido (“Lo desprendido”) y en el que lo natural se transmuta en objeto para satisfacer la necesidad de supervivencia cotidiana (“Herramientas”). Un espacio que remite a la predisposición al delirio o el espejismo asociados al mito del desierto (“Calima”, “Visiones”) y en el que nada parece más irreal y difuso que el propio pasado una vez que ese entorno cruel lo apresa con su oscura fascinación (“Adaptación”).  Del mismo se desprende un aprendizaje encarnizado pero efectivo sobre el continuo pulso de resistencia que exige vivir, de tal manera que puede llegar a considerarse un ámbito de conocimiento (“Biblioteca”) o a soñar con la complicidad de los escasos rastros de pureza que aún persisten (“Los pájaros”).

La sección final “Bajo el signo del cazador”, se inicia con una cita de Javier Egea que preludia un estado en que la inquietud, o la dureza de afrontar el pulso de continuar en pie, va dejando paso (sobre todo en “Arena”) a la rendición, a una muerte en que arrellanarse de forma casi confortable tras tanta “agonía” en su acepción clásica (de lucha o combate, a lo Unamuno y Baroja)… pero que inmediatamente queda desdicha en la energía de la verdadera esperanza: aquella que se nos da “per se”, por su propia convicción de afirmarse, tenga o no razones objetivas que la justifiquen. Y con el ímpetu de esos versos quiero concluir la lectura de este libro poderoso, imponente, que sin duda se ha ganado un hueco a perpetuidad entre lo más logrado de la trayectoria de sus autores.

En nuestro imaginario cultural, el desierto es un lugar de tránsito, un espacio hostil que hay que atravesar para ponerse a salvo, como los israelitas en su larguísimo viaje hacia la Tierra Prometida. Pero también, siguiendo con la tradición cristiana,  es el lugar al que se retiraban los eremitas para encontrar a Dios y encontrarse a sí mismos. Como el propio Jesús, que permaneció cuarenta días en el desierto, purificándose, antes de empezar su predicación.

El libro “Bajo el signo del cazador”, de Javier Gilabert y Fernando Jaén, es, principalmente,  una travesía del desierto. Tras el prólogo, iluminador y espléndido, de Luis Miguel Sanmartín, el poemario se abre con un poema-pórtico, “Con las primeras luces”, en que el yo lírico recibe con tristeza la llegada de un nuevo amanecer. Viene inmediatamente después la sección central y más extensa del libro, titulada también “Desierto”. “Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre” dicen los versos de José Ángel Valente que los autores han dispuesto como epígrafe introductorio a esta segunda sección. Atravesar el desierto es luchar por la supervivencia bajo la continua amenaza de Orión, el cazador celeste. La constelación de Orión, esa presencia ominosa, que. suspendida en el cielo nocturno, vigila nuestros pasos, es a la vez el Tiempo, el cazador que finalmente se cobrará las vidas de cuantas criaturas surcamos las arenas del desierto.  El yo lírico tiene plena conciencia de ello: “Orión me despedazará mañana”, afirma en uno de los poemas del libro.  Aun sabiendo que el cazador aguarda, hay que seguir caminando, hay que caminar hasta formar parte del paisaje, hasta convertirse en un animal minúsculo como los pequeños insectos que pueblan las arenas:

Minúsculos animales, pequeños

como el amor. Sabed que solo ellos

podrán sobrevivir en el desierto.

(“Prueba de vida”)

La soledad del desierto es propicia a la transformación interior. Exteriormente el viaje -la narración- parece no progresar. Interiormente, sin embargo, se está operando un cambio profundo en el yo lírico. Un aprendizaje. Nos lo dice: ha llegado al desierto para “aprender a desprenderme de mi piel azul” (“Lo desprendido”). En varias ocasiones se reconoce en la imagen de la serpiente que muda la piel. Cuando la luz inmisericorde del desierto lo alcanza, “mis córneas adoptan el aspecto / de la escamada piel de la serpiente” (“Luz”). La transformación interior lleva consigo también el anhelo de transformar el paisaje -el paisaje y el sujeto se vuelven uno.  La tierra anhela la lluvia (“Barro”) y el poeta sueña en sus visiones que humedece el desierto con sus lágrimas: “Si pudiera llorar, haría barro”.

El viaje es un proceso de despojamiento total, la experiencia del vacío absoluto que anticipa el que a todos nos aguarda (“Biblioteca”). Otro símbolo que viene de la poesía de José Ángel Valente aparece de forma repetida en las páginas del libro. La ceniza, con todas sus connotaciones funerales: “Todo cuanto poseo es la ceniza” comienza el poema con que se cierra la sección dedicada al desierto.

En la tercera parte, se escenifica, casi como un ritual, el final del viaje: muerte y resurrección. Como afirmaba Valente, en el mismo poema de «A modo de esperanza» citado antes por los autores: “Aunque sea ceniza, lo proclamo: ceniza”. Hay esperanza. En “Regreso”, el cadáver se pone nuevamente en pie y empieza otro viaje. “Exitus” utiliza la estructura medieval y compleja de la sextina para indicar que se ha llegado al final de la travesía. El hombre ha de hallar su morada, en el desierto o en el aire, aun sabiendo que la muerte aguarda. “Aquí llegué maldiciendo la arena / mas amo ya mi última morada”.  Desde la aceptación de la muerte, se invita a encontrar un lugar, una morada, necesariamente efímera, en la vida.

Este viaje por los senderos invisibles del desierto es también una indagación en la forma poética, en la que se utiliza principalmente el verso libre, recurriendo en ocasiones a la prosa poética y a ciertos artificios tipográficos, sin desdeñar el cultivo de formas clásicas, como el soneto o la ya mencionada sextina.

Un estupendo libro, hijo de dos creadores de nada desértica inspiración. De los interrogantes que el libro me suscita, no es el menor el de saber cómo es posible que dos personas distintas se transformen en un solo, y extraordinario, poeta.

Reseñas

Fernando Jaén Águila. Granada, 1975. Médico internista. Autor de ‘El corral de las cuatro esquinas’ (Dauro, 2002), ‘Los ciclos brutos’ (Comares, 2012), ‘Los días del barro’ (Comares, 2014), ‘Las orillas difíciles’ (Oblicuas, 2015),‘Las reparaciones’ (Esdrújula, 2017) y ‘La palabra del ciervo’ (Sonámbulos, 2021) y coeditor del monográfico de poesía granadina “Versos al amor de la lumbre” (Revista Lumbre, 2020).

Participa en antologías como ‘Todo es poesía en Granada’ (Esdrújula, 2015), ‘Nocturnario’ (Nazarí, 2016), ‘Pájaro Azul’ (Artificios 2016),  ‘Granada no se calla’ (Esdrújula, 2018), ‘Caballo del alba’ (Dip. de Granada 2018) y ‘De la nieve al trigo’ (Calambur, 2019).

Finalista del XXXV Premio Villa de Peligros (2020) junto a Javier Gilabert con ‘Bajo el signo del cazador’. Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis. Para él, escribir poesía es la fuerza que le permite sobrevivir en la fragilidad.