El poeta granadino Gerardo Venteo reseña «Todavía el asombro» en el 2º número de la segunda época de la revista «Entorno Literario» de Entorno Gráfico Ediciones:

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Javier en el Asombro 

Por Gerardo Venteo

 

El asombro es la capacidad que tiene la consciencia de quién se siente vivo para dejarse sorprender por lo que ocurre a su alrededor. Las pequeñas cosas a veces tienen ese poder de impactarnos por su sencillez y su significado, revelándonos el misterio de lo que albergan. Para recibir la gracia del asombro es necesario tener un espíritu dispuesto, un espíritu donado al acontecer del tiempo que es el instante. Asombrarse es descubrir y que el descubrimiento así tenga el poder de transformar. 

Pero para que el asombro se produzca es necesario estar atentos, sosegados. Y hoy, cuando la novedad se solapa, cuando las noticias catastróficas nos anonadan y sucumbimos a lo fácil, no es casual que una suerte de anestesia nos subsuma en una nada inconsciente y atroz que no sólo dificulta nuestra atención, sino que únicamente nos conduce al desierto físico y emocional. Sin capacidad para asombrarnos, ¿qué somos? ¿En qué nos convertiremos sin asombro? ¿Hacia dónde caminamos? Javier, con este poemario, se retrata en ese asombro. Desde el lugar de la contemplación, indaga, cuestiona, se extraña y se entraña. En ese extrañamiento luminoso, el poeta parte de lo tangible del mundo que lo rodea —y que parece oculto a simple vista— y se sobrepone a un pensamiento ahogado en la velocidad de los acontecimientos diarios, donde no parece posible detenerse en la reflexión sobre el acontecer de nuestra vida. 

Chul Han en su libro, La salvación de lo bello sostiene que “… nuestra sociedad se ha convertido en unos grandes almacenes, abarrotada de cosas y anuncios efímeros. Ha perdido toda alteridad, toda extrañeza. De este modo, tampoco es posible el asombro…/…”. Si queremos ser partícipes del asombro es necesario donarnos a que éste suceda, detenernos y estar en la recepción activa y consciente de lo que acontece, admitir el capricho de abrazarnos a nosotros mismos en el abrazo de lo que nos rodea.  Javier lo hace, se detiene, contempla lo minúsculo y lo interroga, establece un diálogo consigo mismo a través del suceso: “El asombro es la carne del instante, y arraigan sus cimientos en la luz, material con que el verso se construye, el aire el armazón que lo sostiene”.  Se trata del primer poema del libro, “Gramática del asombro”, donde el poeta traza la premisa sobre la que se construye todo el poemario.

Todavía el asombro es una invitación al descubrimiento interior de cuanto sucede e impacta en nosotros. El poeta comparte con los lectores la pequeñez y la grandeza de su asombro y nos invita a detenernos, a que hagamos el esfuerzo, porque asombrarse es un regalo/milagro que alimenta la conciencia, el espíritu y el conocimiento para quien se presta y se entrega con alegría a ello: “Se trata de mirar, es el secreto, / pues no basta con ver: / mirar requiere esfuerzo e intención.” 

Avanza el poemario y Gilabert nos apunta un pequeño secreto sobre dónde puede estar contenido el asombro y cómo llegar hasta él: “Sucumbir al asombro en el detalle,/ volver a ser el niño/ dispuesto a descubrir/ lo bello que se esconde/ tras las pequeñas cosas.

Sin asombro, sin consciencia no hay transformación y el poeta nos invita a ello con estos versos: “Renueva la consciencia, parpadea, / imbúyete de aquello que transforme.”

La segunda parte la encabeza una cita de María Zambrano: “Ojos y oídos son ventanas”. Esta cita es clave, pues describe a la perfección la génesis e intención del poemario. Siguiendo su estela, Javier de nuevo nos anima a recogernos en el asombro con estos versos: “Has de mirar el mundo con unos ojos nuevos”.

La tercera parte, “La luz”, viene precedida de una cita de Rafael Guillén “Yo sólo quiero abrir una ventana/ y que una luz distinta/ me tire por el suelo”, a quien está dedicado el libro in memoriam. Aquí el autor, interpelado por la vitalidad renacida de estos versos, es consciente de la relación que esa experiencia sensorial de la luz tiene con el asombro: “La luz cambia el aspecto de la tarde, / convierte en sacramento el acto de mirar. / Qué misterio/ saberse así cautivo del asombro, / volver sin más/ la vista tan/ adentro. “

La cuarta parte, subtitulada “El poema”, abre con una cita de San Agustín. Contemplación, extrañamiento y creación son las claves de los versos contenidos en el tercer poema de este bloque: “Si se produce el vértigo,/ la altura se transforma en el poema.” 

Las preguntas son una constante en este poemario donde el sujeto poético se mira hacia dentro y se pregunta hacia dónde le conduce el movimiento del acontecer diario. Y en este sentido, los versos de Gilabert “No voy a ningún sitio, pero avanzo./ Camino en círculos y vuelvo al punto / en el que pienso que empecé” coinciden con el filósofo chino Lao Zi y su idea del caminante que no va a ningún lugar y se funde con el camino. Javier abunda en esta reflexión: “Retorna el día cada día y se termina, / y siento que me muevo, ¿pero adónde? / No disto de mí mismo lo bastante/ para poder decir que estoy en movimiento.” 

Quienes conocemos a Javier Gilabert sabemos que es un niño grande, entusiasta, generoso y un buscador empedernido. Ese es el poeta ganador de la última edición del Premio Internacional de Poesía Blas de Otero con este libro, que manifiesta: “sucumbir al asombro en el detalle, volver a ser el niño dispuesto a descubrir los bello que se esconde tras las pequeñas cosas”.  Estamos ante el asombro de un poeta, un maestro, un niño todavía: “Si el poeta conserva la mirada/ del niño que descubre/ el mundo con sus juegos,/  y aprende a reflejarla en las palabras,/  tendrá ante sí la esencia del poema.” 

 

Gerardo Venteo es autor de El nombre del frío (Maclein y Parker, 2018) y Casa de dos plantas (Sonámbulos, 2021)